domingo, 29 de diciembre de 2013

De arte y algo más (1ra pate)

1ra Parte: El problema DE  la creación
Tal vez la vida ha hecho que cada vez nos importe menos la creación. Tal vez es la moral la que nos dado las pautas necesarias para disuadirnos de crear. Tal vez somos nosotros mismos, que ahogados por la era del consumismo irracional, hemos decidido dejar de crear. O tal vez es nuestra cualidad de hombres modernos la que nos impide sentir las cosas para poder crear. No lo sabemos. Lo único que sabemos es que hoy día ya nadie crea absolutamente nada. Los artistas ya no crean obras de arte, las copian. Los padres ya no crean hijos, los educan. Los empresarios ya no crean respeto en sus empleados, ahora lo compran con regalos. En este país, las personas han dejado de crear, y hasta ahora la razón es un misterio.
Nuestra sociedad se cae a pedazos día a día, solo y nada más por la falta de creación. Nos parece difícil distinguir entre una creación y una sistematización de acciones, pero no nos resulta  tan difícil identificar a una sociedad funcional y a una que apenas si respira. Nos parece tan complicado distinguir la creación de la no creación, porque hemos olvidado lo que significa la palabra creación. Hemos olvidado todo lo que ésta implica y las buenas nuevas que nos puede contar. Hemos dejado de ser creadores por todas las comodidades que nos trae el no conocimiento de la palabra creación. Hemos dejado de ser creadores para convertirnos en máquinas reproductoras de sueños infructíferos plagados de soledad y vacío.
Llevamos años intentando cambiar a nuestro país con marchas que no llevan a ningún lado, y ofensas a los políticos que acaban por ofendernos a nosotros mismos. Llevamos años intentando cambiar al mundo, sin pensar que para cambiarlo necesitamos cambiar nosotros primero. Algunos podrán decir que soy cursi, pero es verdad que las semillas que hoy sembremos, darán lindas y coloridas flores mañana. Si hoy día nos dedicáramos a hacer bien nuestro trabajo, a crear raíces fuertes en nuestros hijos, a cuestionar las cosas sin buscar una respuesta concreta, a ver más allá de lo que nuestros ojos ven, lograríamos un cambio.  Si hoy día nos dedicáramos a crear, todo podría ser diferente mañana.
Las consecuencias del problema de la creación, aparentan ser ahora muchas más de las que pensamos. Sin embargo existe algo mucho más extenso que nos trae muchas más consecuencias y que a la vez hace que este problema se acrecenté cada día más: la razón de la pérdida de nuestra identidad creadora. A medida que el hombre ha avanzado en su búsqueda por una verdad absoluta y duradera, ha fabricado muchos instrumentos e ideas que no necesariamente le han llevado a un buen fin. A medida que la inteligencia humana ha trascendido en la existencia y que sus intangibles conocimientos sobre el universo le han hecho olvidar que también siente y también sufre, el hombre ha conocido la soledad. A medida que el hombre se va volviendo aparentemente más apto, más diestro, más “humano”, ha convertido de nuevo en un animal.
La mayoría de los científicos, tanto de nuestra época como de eras antiguas, dicen que los seres humanos se diferencian de los animales por su capacidad de razonar. Cierto es que el ser humano cuenta con un raciocinio extracotidiano y que por ello, estas personas podrían estar justificados para decir algo así. Pero más cierto es que nuestra capacidad racional depende solo y nada más de nuestra capacidad de simbolizar al mundo. Desde sus orígenes, el ser humano mostró una relevante capacidad de simbolizar al mundo y a sus coetáneos. Desde la reproducción de sonidos y señas que utilizaban los seres primitivos para comunicarse, hasta la invención de un sistema de comunicación mucho más elaborado  y complejo. Desde siempre el hombre se ha distinguido por su capacidad de interpretar y razonar los símbolos con los que se topa. Y es precisamente esta capacidad la que nos hace pensar con claridad y accionar de acuerdo a nuestras necesidades. Es precisamente la capacidad de simbolizar la que nos distingue de los animales.
Hoy día hemos perdido la capacidad de simbolizar. Creemos que como otros ya han simbolizado las cosas, nosotros no podemos re simbolizarlas o re inventarlas. Estamos muy cómodos con las verdades que los demás han insertado en nuestras cabecitas cochambrosas y no hacemos nada para cambiarlas. No nos interesa. No nos interesa en lo absoluto porque las pautas que nos ha dado la sociedad para vivir, nos resultan  tan cómodas que hasta nos han regalado un mundo lleno de rosa y un camino sin dolor. Todas las reglas morales nos inducen a vivir tranquilos con la sociedad. Nos llevan por un camino de paz, colmado de flores sin olor, que nos lleva directamente hacia la bondad inexistente de la humanidad y a las máscaras de todos los seres que sonríen sin aparente razón. Todas las reglas de la sociedad nos privan de nuestra capacidad de simbolizar.
A lo largo de nuestra existencia, todas las personas que creen entender una parte de la psicología humana han instituido maneras de convivencia y formas de sobrellevar la existencia. Yo no me opongo a tal insinuación de grandeza e irresponsabilidad. Pero no todo lo que una persona descifre, aplica para las demás. En cualquier sentido en el que se aplique, las cosas que les funcionan a algunos, no son necesariamente las cosas que les funcionan a todos. Los símbolos de nuestra existencia, hayan o no sido creados por el hombre, no tienen que ser interpretados de la misma manera por todos los que habitamos en ella. Las reglas morales y las pautas de convivencia social nos han impuesto una manera práctica de interpretar todo lo que nuestros ojos ven, privándonos de nuestra libertad para interpretarlos nosotros mismos.
Todas estas reglas morales y sociales que se nos han impuesto, fueron pensadas para evitar el dolor del hombre; para no forzar a la sociedad a convivir, si no para que conviva sin problemas y pueda moverse sin sufrir. Todas estas reglas solapan nuestra comodidad debido a que su objetivo es disminuir al mínimo el dolor que provoca vivir. Precisamente por eso las hemos aceptado y adoptado como pautas para la vida, porque nos hacen sentir bien, porque gracias a ellas evitamos los problemas, los conflictos y las discusiones aparentemente inútiles. El problema surge cuando uno se da cuenta que esos conflictos y problemas nos ayudan a crecer. Si la vida nos pone dificultades enfrente, no es que sea una infeliz caprichosa que quiera aprovecharse de nuestra bondad y nuestra entereza, sino porque la vida es sabia. Si la naturaleza nos hace dudar de nuestra integridad física, no es con fin de molestar o de engrandecer su fuerza a costa de la nuestra, es para ayudarnos a ser más sabios cada día. Si nosotros evadimos todas esas oportunidades que la vida y la naturaleza nos brindan para ser más humanos cada día, simplemente seguiremos en la misma situación: siendo animales que aparentan pensar.
A medida que nuestra capacidad de sentir dolor disminuye, nuestra capacidad creadora se ve afectada. Es a través del dolor que crecemos emocional e intelectualmente; no hay otra forma. Aquél que no sufre no aprende, solo se condiciona. Aquél niño que jamás se ha quemado las manos jugando con la estufa, simplemente no se acerca a ella porque está condicionado a no hacerlo. Aquél niño al que le calló aceite caliente en la cara por correr cerca en la cocina, sabe que no debe estar jugando cuando hay fuego de por medio. Así de simple. Aquél que ha experimentado un dolor, cualquiera que sea, ha sacado un aprendizaje de ello. No sentir dolor es igual a no tener experiencias; no tener experiencias es igual a no aprender, a no razonar, a no simbolizar. No tener experiencias de vida es igual a deshumanizarnos, a convertirnos en animales que aparentan pensar.
“Aquello que no duele no es objeto de creación” Si las vivencias no se convierten en experiencias, no son dignas de compartirse. Hoy día vivimos en una sociedad que le teme al dolor. Que hace hasta lo imposible para evitar que sus emociones se exalten o se exasperen; una sociedad que mueve cielo, mar y tierra para no tener experiencias. Desde las culturas más antiguas, aquellos que eran considerados sabios eran los viejos, los hombres con más experiencias; los hombres que más habían experimentado el dolor. Y eran precisamente aquellos sabios los que más merecían el respeto del pueblo, los que encabezaban las ceremonias religiosas y los que tenían la última palabra acerca de cualquier cosa que sucediera alrededor. Eran los sabios las personas encargadas de la creación de una nueva generación de hombres que estaban decididos a ser más productivos cada día. Estos viejos eran creadores. Creadores de alumnos, de amigos; creadores de respeto y admiración. Pero creadores al fin y al cabo. Su capacidad creadora estaba directamente ligada a la experiencia que habían adquirido durante toda su vida; su capacidad creadora dependía solo y nada más del dolor que habían experimentado.
Hoy, ya no hay creadores en el mundo; Ya no hay sabios. Ya no existe gente que esté dispuesta a entregar su integridad a cambio de algo tan intangible como el respeto o la amistad. Hoy día, esas cosas ya no interesan; hoy día esas cosas se venden en los supermercados en tallas distintas para que les queden a todos. Todo lo que algún día se adquiría mediante la experiencia y la sabiduría, hoy se consigue en internet, en las tiendas de computación o en las librerías extranjeras. Ya no nos hace falta experimentar las cosas porque creemos que todo ya está dado, que todo lo que algún día fue interpretado es un hecho, una verdad. Que todos los libros de los grandes filósofos son ley y que perderíamos nuestro tiempo intentando buscar una nueva manera de interpretar las cosas que nos suceden y acongojan. Hoy día, preferimos conformarnos con lo que ya está hecho con tal de evitar el dolor que nos provocaría la experimentación de nuevos caminos hacia la muerte. Hoy día, hemos dejado de ser creadores, para convertirnos en consumidores empedernidos.
La era en la que vivimos actualmente nos ha forzado a dejar de experimentar la vida como debe ser. La tecnología compleja, los juegos de video y la magia del internet, nos alejan del mundo y su realidad plagada de dolor y humanidad. Hoy día, los niños ya no salen a la calle a jugar, a rasparse las rodillas y a pelearse con otros niños para decidir el juego que les tendrá entretenidos toda la tarde. Ahora los niños recorren el mundo por medio de un aparato electrónico; recorren ciudades grandes con ayuda de las gráficas modernas y conocen las grandes maravillas de la naturaleza por medio de fotos súper nítidas que les privan de la emoción que implica verlas en la vida real y experimentar sus olores y sus sabores en vivo y en directo. Hoy día, los seres humanos crecen solo conociendo vagamente la existencia en sí misma. La experimentación de la existencia ha quedado a un lado. Las sensaciones que nos provoca la experimentación viva de las cosas, han quedado atrás, en un pasado difícil de retomar.

Lo que antes considerábamos vital, hoy se ha vuelto cosa del pasado; la creación en general, se ha vuelto innecesaria. Sin embargo, aún existen personas que aspiran a ser creadores. Personas que aún creen que las reglas morales y sociales, la tecnología y las leyes científicas pueden ser cambiadas. Seres que cuestionan todo lo que ven, y que ven más allá de lo que las imágenes les brindan. Hoy, en un mundo sin novedades ideológicas, sin aspiración al crecimiento, sin experiencias vívidas, aún existe gente que aspira a crear. 

De arte y algo más (2da parte)

2da Parte: El problema CON la creación
Es justo en esa parte donde aparece la pregunta ¿Por qué crear? ¿Porque es bonito, porque es útil, porque nos llena, o simplemente porque aspiramos a que el mundo nos reconozca de alguna manera? ¿Habrá una razón lo suficientemente poderosa para sacrificar todo lo que hasta el momento entendemos como realidad, solo y nada más por crear algo nuevo? ¿Será el reconocimiento de los demás o el crecimiento del ego y la grandeza que crece en nuestras mentes cuando creamos, la que nos inspira a romper con las reglas y sentir un poco de dolor para crear?
Reflexionemos un poco. Todas las personas que hasta la fecha consideramos importantes por lo que han dicho, hecho o pensado, son creadores. Estas personas, hayan o no tenido la restricción del pensamiento que en esta era nos priva de libertad creadora, se atrevieron a tener experiencias de vida que les llevó intrínsecamente a la creación. A través de sus emociones, sensaciones y pensamientos, ellos fueron creando una interpretación de los símbolos del mundo y la compartieron con la mayor cantidad de gente posible. Después de su muerte, todos estos creadores, sea de ideales, modales, respeto, cariño o arte, fueron recordados por su obra, por su creación. Después de su muerte, ellos siguieron vivos gracias al recuerdo que sembraron en las cabecitas cochambrosas de la humanidad. La capacidad creadora de estos individuos, los volvió inmortales.
En eras antiguas, todos los sabios de la humanidad se dedicaron a compartir sus conocimientos y sus experiencias con los demás; invirtieron su tiempo en mostrar al mundo su trabajo y las nuevas cosas que había descubierto a través de él. En eras antiguas, todos esos sabios crearon un respeto, un cariño y una herencia para las generaciones venideras. Herencia que se quedaría impregnada en sus corazones hasta la eternidad. Lo más importante que nos permite la creación es la inmortalidad. Algunos creadores se inmortalizan en libros, tratados, pinturas u obras musicales. Otros quedan en la memoria de sus parientes y amigos cercanos, como aquél ser magistral que nos enseñó algo nuevo sobre la vida. Pero todos estos creadores consiguieron algo invaluable: la vida después de la muerte.
Durante años hemos soñado con la inmortalidad, con aquél elixir de vida que nos hará estar en la tierra para siempre jamás. Durante años, la ciencia ha buscado la manera en la que el hombre puede vivir más tiempo, curando las enfermedades difíciles y previniendo a los sanos de un contagio prematuro que lo lleve a su fin. Durante años, hemos buscado la manera de ser inmortales, y paradójicamente, solo hemos encontrado la manera más fácil de irnos de este mundo.
La vida material como la conocemos tiene un fin y no podemos luchar contra él. Nuestro cuerpo poco a poco se irá deteriorando hasta ya no poder funcionar como debe funcionar. Con el transcurrir de los años, nuestras células se irán muriendo hasta que ya no quede nada de nosotros. Sin embargo, con el tiempo, podemos descubrir cosas que no mueran cuando nuestro cuerpo físico perezca de una buena vez por todas. Con la ayuda de la creación, podemos materializarnos en la mente y en el corazón de los demás, quedarnos en la tierra para siempre y seguir promulgando lo que alguna vez consideramos real. Con ayuda de la creación podemos alcanzar la vida eterna.
Todas estas bonitas frases e ideas rosas acerca de la creación se vuelven opacas con la sombra del dolor que asecha nuestras mentes trastocadas y a nuestros corazones sin amor. Desde siempre hemos intentado encontrar la cura para la muerte, porque tememos a todo el dolor que esta nos pueda causar. Hoy, la muerte se ha ocultado en un manto de sueños rotos, cocido con la aguja de la ciencia y un poco del hilo de la impaciencia. Hoy día, negamos la muerte a toda costa, y nos convencemos cada vez más de que ésta jamás se atreverá a tocarnos. Hoy día hacemos mil y un cosas para evitar morir, sin darnos cuenta que al hacerlo solo estamos negando nuestra naturaleza efímera. La muerte se ha convertido en un tabú; en un asunto del que nadie puede hablar, y al que nadie le conviene cuestionar. Hoy día, negamos la existencia de la muerte, sin darnos cuenta que la aceptación de la misma, es la única manera de evitarla realmente.
Al aceptar la muerte física como un hecho inevitable, nos vemos en la terrible necesidad de crear para poder vivir después de ella. La única forma de trascender y de vivir después de la muerte es mediante las acciones que tengamos en la vida; es mediante la creación. Pero al negar nuestra naturaleza efímera, al no querer sentir dolor, al no experimentar la vida en carne propia y evitar a toda costa que nos lastime y que nos hiera, solo estamos acelerando nuestra muerte en la sociedad.  Solo estamos disfrazando nuestra identidad creadora con máscaras llenas de copias infructíferas que no nos llevarán a ningún lado. Si aceptáramos que algún día vamos a morir, que algún día nuestro cerebro va a dejar de pensar y que nuestros pies van a dejar de caminar, intentaríamos de todas las maneras posibles trazar un camino que no se recorra con un cuerpo físico, si no con algo que dure hasta la eternidad. Intentaríamos crear.
El miedo a la muerte nos ha privado de experimentar las cosas realmente. Muchas personas que quieren vivir cosas nuevas, distintas a las que la realidad les dicta, se atreven a viajar solos, a ir a lugares lejanos y a frecuentar bares de mala muerte para “expandir sus horizontes”. Sin duda estas acciones deberían hacer que sus mentes cochambrosas se abran a nuevas formas de vida, a nuevas maneras de enfrentar las cosas. Sin duda estas experiencias deberían darles sabiduría y llevarlos hacia un camino lleno de creación y crecimiento. Sin duda, estas acciones deberían ayudar a la creación. Pero no lo hacen por una simple y sencilla razón: Todo lo que los jóvenes viven, lo viven a medias. Las personas caminan sin mirar, ríen sin sentir, lloran sin sufrir y besan sin amar. Las personas ya no involucran sus sentimientos en las acciones que realizan o en las experiencias que viven. Las personas ya no viven, solo caminan en automático olvidando todo a cada paso.
Hoy día los jóvenes que aspiran a crear le temen a la muerte, le temen al dolor y a las experiencias. Todo lo que ellos viven, escucha, ven y experimentan, lo borran de inmediato para que no les suscite ningún tipo de cuestionamiento o algo similar. Hoy día, aquellos creadores que intentan vivir cosas nuevas a través de la experiencia, borran de inmediato todas las sensaciones que éstas les provocan, quedándose solo y nada más con lo que ya conocen. Justificándose con un millón de argumentos infructíferos, se escudan en las reglas que la sociedad les sugiere y juzgan las pocas experiencias que logran tener, haciendo que estas se disipen de inmediato, borrando todo rastro de sabiduría que éstas pudieran dejar. Hoy día las personas que se dicen creadoras y experimentadoras de cosas nuevas han cerrado sus canales de conocimiento impidiendo que las sensaciones que estas experiencias les provocan les dejen una enseñanza, un aprendizaje o una razón para crear. Hoy día el mundo ha dejado de sentir y se ha limitado a pensar sin pensar realmente.

Todas las cosas que vivimos pasan por nuestros ojos, llegan a nuestras mentes, se filtran y se van. Ya nada pasa por nuestros corazones sin amor, por nuestra piel insensible o por nuestras narices carentes de verdad. Somos incapaces de aprender mediante nuestras sensaciones y sentimientos. Estamos tan encerrados en los paradigmas que la sociedad nos ha impuesto, que todo lo que vemos y vivimos lo razonamos con esas pautas y lo descartamos de inmediato creyendo que son cosas inútiles; inválidas. Si nos detuviéramos a sentir las cosas, a oler a la gente que pasa, a escuchar realmente lo que la gente nos quiere decir o a empatizar con el otro para saber realmente lo que siente y piensa y su porqué, podríamos crecer un poco más. Podríamos ser sabios que, como nuestros antepasados, creaban a partir de sus experiencias y de las de los demás. Si nos dedicáramos a entrenar nuestra capacidad de simbolizar las cuestiones emotivas del mundo, seríamos creadores y viviríamos para siempre. 

De Arte y Algo Más (3ra parte)

3ra Parte: EL ARTE Y LA CREACIÓN ARTÍSTICA
Como todas los nuevos artilugios de la humanidad, el arte fue creada como forma de conocimiento. Como una manera de descubrir cosas nuevas y de buscar una respuesta a nuestra existencia aparentemente absurda e infructífera. Como en todas las áreas de conocer, el arte tiene sus técnicas y sus formas específicas para llegar a la aparente verdad de las cosas; para descifrar la esencia del mundo. Una de las formas más notorias que tiene el arte para llegar a una aparente verdad es la sensibilidad. Cuantas veces no hemos escuchado frases como “un artista debe ser sensible” “él siente mucho porque es artista” “si no sientes no puedes hacer arte”. Todas estas frases tienen algo de verdad oculta en ellas, y aunque las decimos cada que podemos y las escuchamos cada que hablamos de arte, parece que hemos olvidado lo que realmente significan.
Sin sensibilidad no hay arte, eso es cierto. Sin embargo, muchos de los jóvenes que hoy aspiran a ser artistas o creadores artísticos, se limitan a pensar, pensar y seguir pensando. Viven y caminan con lo que los paradigmas mentales les han propuesto como realidad y no se preocupan por sentir lo que sucede a su alrededor. Buscan nuevas experiencias y viven cosas aparentemente nuevas sin preocuparse por sentirlas, por empatizar con ellas. Conocen gente nueva y la juzgan sin cesar. Preguntan sin querer obtener la respuesta real porque saben que esa respuesta les provocará un problema, un conflicto, un corto circuito. Andan por la vida sin desear aprender cosas nuevas. Andan por la vida solo y nada más aparentando que les interesa desentrañar a la humanidad.
Si los a los jóvenes creadores realmente les interesa descifrar la esencia de las cosas y encontrar una nueva manera de concebir a la humanidad, intentarían dejar a un lado sus creencias, sus miedos, sus reglas inculcadas y sus prejuicios mal sanos para buscar una nueva verdad en las sensaciones que les provoca la vida misma. Los artistas de hoy, ya no buscan experimentar, ni vivir, ni sentir, porque tienen miedo al dolor, porque tienen miedo a la muerte, porque tienen miedo a cuestionar y a herrar. Los jóvenes que aspiran a crear viven pensando y pensando en cosas sin sentido en vez de preocuparse por simbolizar los sentimientos y las sensaciones que les provocan esas experiencias y sacar una nueva conclusión a través de ellas. Los jóvenes que hoy aspiran a ser creadores, no son más que animales que aparentan pensar.
La única manera de salvar al arte en nuestros días es a través de la experimentación de sensaciones. Si nos dejáramos tocar por (algunas de) las personas que conocemos en las calles, por las prostitutas que se nos acercan en los bares de mala muerte, por los ancianos que gritan en las calles pidiendo que se les tenga lástima y que les regalen un poco de dinero, nuestras creaciones serían diferentes. Si pudiéremos sentir todo lo que estas personas sienten al hacer lo que hacen, llegaríamos a entender y a descifrar la esencia de su existencia. Si pudiéramos encontrar la esencia de la existencia de las cosas, lograríamos hacer del arte una manera para hallar las respuestas que por tantos años hemos buscado.
Hoy día muchos de los críticos del arte en general, se quejan porque ya no hay un arte transformador, un arte que trastoque los corazones de los espectadores que buscan respuestas a través de ella; hoy día los críticos se quejan y con mucha razón. La mayoría de las obras de arte con las que hoy nos encontramos no se acercan ni siquiera a la esencia de las cosas. Las ven por encima, olvidan que son las emociones y los sentimientos las que van a lograr una empatía con el mundo y cambiar realmente la percepción de la existencia. Hoy día todas las obras que vemos carecen de verdad porque los artistas han dejado de sentir, y se han limitado a crear con lo que otros les han dicho que es la verdad absoluta de las cosas. Hoy día, el arte ya no transforma porque el artista mismo no se transforma con las experiencias que tiene al alcance.
Si aprendiéramos a ser afectados por todas las cosas que hay a nuestro alrededor podríamos plasmar esas cosas en nuestro arte. Si aprendiéramos a dejarnos tocar por el mundo, podríamos encontrar la esencia de las cosas. Si encontráramos la esencia de las cosas podríamos crear algo realmente transformador. Si transformáramos el arte a través de nuestras experiencias el mundo sería diferente; el arte, sería una forma de crecer y los críticos dejarían de quejarse.

Es tiempo de dejarnos tocar. De aprender a sentir. De vivir con convicción y de aprender de todo lo que vivimos. Es tiempo ya, de dejar a un lado todos las ideas infructíferas que las reglas morales y sociales nos han dado como pautas para sobre llevar la vida. Es tiempo ya de olvidar que el dolor nos va a llevar a la muerte y de aceptar que la muerte es un paso más en nuestro existir. Es tiempo ya de liberarnos de todas esas barreras que nos hacen seres animales y de asumirnos como seres humanos que piensan, sienten y simbolizan todo lo que hay alrededor con la intención de crecer y de ayudar a los otros a crecer. Es tiempo de crear.