1ra Parte: El problema DE
la creación
Tal vez la vida ha hecho que cada vez nos importe
menos la creación. Tal vez es la moral la que nos dado las pautas necesarias
para disuadirnos de crear. Tal vez somos nosotros mismos, que ahogados por la
era del consumismo irracional, hemos decidido dejar de crear. O tal vez es
nuestra cualidad de hombres modernos la que nos impide sentir las cosas para
poder crear. No lo sabemos. Lo único que sabemos es que hoy día ya nadie crea
absolutamente nada. Los artistas ya no crean obras de arte, las copian. Los
padres ya no crean hijos, los educan. Los empresarios ya no crean respeto en
sus empleados, ahora lo compran con regalos. En este país, las personas han
dejado de crear, y hasta ahora la razón es un misterio.
Nuestra sociedad se cae a pedazos día a día, solo y
nada más por la falta de creación. Nos parece difícil distinguir entre una
creación y una sistematización de acciones, pero no nos resulta tan difícil identificar a una sociedad
funcional y a una que apenas si respira. Nos parece tan complicado distinguir
la creación de la no creación, porque hemos olvidado lo que significa la
palabra creación. Hemos olvidado todo lo que ésta implica y las buenas nuevas
que nos puede contar. Hemos dejado de ser creadores por todas las comodidades
que nos trae el no conocimiento de la palabra creación. Hemos dejado de ser
creadores para convertirnos en máquinas reproductoras de sueños infructíferos
plagados de soledad y vacío.
Llevamos años intentando cambiar a nuestro país con
marchas que no llevan a ningún lado, y ofensas a los políticos que acaban por
ofendernos a nosotros mismos. Llevamos años intentando cambiar al mundo, sin
pensar que para cambiarlo necesitamos cambiar nosotros primero. Algunos podrán
decir que soy cursi, pero es verdad que las semillas que hoy sembremos, darán
lindas y coloridas flores mañana. Si hoy día nos dedicáramos a hacer bien
nuestro trabajo, a crear raíces fuertes en nuestros hijos, a cuestionar las
cosas sin buscar una respuesta concreta, a ver más allá de lo que nuestros ojos
ven, lograríamos un cambio. Si hoy día
nos dedicáramos a crear, todo podría ser diferente mañana.
Las consecuencias del problema de la creación,
aparentan ser ahora muchas más de las que pensamos. Sin embargo existe algo
mucho más extenso que nos trae muchas más consecuencias y que a la vez hace que
este problema se acrecenté cada día más: la razón de la pérdida de nuestra
identidad creadora. A medida que el hombre ha avanzado en su búsqueda por una
verdad absoluta y duradera, ha fabricado muchos instrumentos e ideas que no
necesariamente le han llevado a un buen fin. A medida que la inteligencia
humana ha trascendido en la existencia y que sus intangibles conocimientos
sobre el universo le han hecho olvidar que también siente y también sufre, el
hombre ha conocido la soledad. A medida que el hombre se va volviendo
aparentemente más apto, más diestro, más “humano”, ha convertido de nuevo en un
animal.
La mayoría de los científicos, tanto de nuestra
época como de eras antiguas, dicen que los seres humanos se diferencian de los
animales por su capacidad de razonar. Cierto es que el ser humano cuenta con un
raciocinio extracotidiano y que por ello, estas personas podrían estar
justificados para decir algo así. Pero más cierto es que nuestra capacidad
racional depende solo y nada más de nuestra capacidad de simbolizar al mundo.
Desde sus orígenes, el ser humano mostró una relevante capacidad de simbolizar
al mundo y a sus coetáneos. Desde la reproducción de sonidos y señas que
utilizaban los seres primitivos para comunicarse, hasta la invención de un
sistema de comunicación mucho más elaborado
y complejo. Desde siempre el hombre se ha distinguido por su capacidad
de interpretar y razonar los símbolos con los que se topa. Y es precisamente
esta capacidad la que nos hace pensar con claridad y accionar de acuerdo a
nuestras necesidades. Es precisamente la capacidad de simbolizar la que nos
distingue de los animales.
Hoy día hemos perdido la capacidad de simbolizar.
Creemos que como otros ya han simbolizado las cosas, nosotros no podemos re
simbolizarlas o re inventarlas. Estamos muy cómodos con las verdades que los
demás han insertado en nuestras cabecitas cochambrosas y no hacemos nada para
cambiarlas. No nos interesa. No nos interesa en lo absoluto porque las pautas
que nos ha dado la sociedad para vivir, nos resultan tan cómodas que hasta nos han regalado un
mundo lleno de rosa y un camino sin dolor. Todas las reglas morales nos inducen
a vivir tranquilos con la sociedad. Nos llevan por un camino de paz, colmado de
flores sin olor, que nos lleva directamente hacia la bondad inexistente de la
humanidad y a las máscaras de todos los seres que sonríen sin aparente razón.
Todas las reglas de la sociedad nos privan de nuestra capacidad de simbolizar.
A lo largo de nuestra existencia, todas las personas
que creen entender una parte de la psicología humana han instituido maneras de
convivencia y formas de sobrellevar la existencia. Yo no me opongo a tal
insinuación de grandeza e irresponsabilidad. Pero no todo lo que una persona
descifre, aplica para las demás. En cualquier sentido en el que se aplique, las
cosas que les funcionan a algunos, no son necesariamente las cosas que les
funcionan a todos. Los símbolos de nuestra existencia, hayan o no sido creados
por el hombre, no tienen que ser interpretados de la misma manera por todos los
que habitamos en ella. Las reglas morales y las pautas de convivencia social
nos han impuesto una manera práctica de interpretar todo lo que nuestros ojos
ven, privándonos de nuestra libertad para interpretarlos nosotros mismos.
Todas estas reglas morales y sociales que se nos han
impuesto, fueron pensadas para evitar el dolor del hombre; para no forzar a la
sociedad a convivir, si no para que conviva sin problemas y pueda moverse sin
sufrir. Todas estas reglas solapan nuestra comodidad debido a que su objetivo
es disminuir al mínimo el dolor que provoca vivir. Precisamente por eso las
hemos aceptado y adoptado como pautas para la vida, porque nos hacen sentir
bien, porque gracias a ellas evitamos los problemas, los conflictos y las
discusiones aparentemente inútiles. El problema surge cuando uno se da cuenta
que esos conflictos y problemas nos ayudan a crecer. Si la vida nos pone
dificultades enfrente, no es que sea una infeliz caprichosa que quiera
aprovecharse de nuestra bondad y nuestra entereza, sino porque la vida es
sabia. Si la naturaleza nos hace dudar de nuestra integridad física, no es con
fin de molestar o de engrandecer su fuerza a costa de la nuestra, es para
ayudarnos a ser más sabios cada día. Si nosotros evadimos todas esas
oportunidades que la vida y la naturaleza nos brindan para ser más humanos cada
día, simplemente seguiremos en la misma situación: siendo animales que
aparentan pensar.
A medida que nuestra capacidad de sentir dolor
disminuye, nuestra capacidad creadora se ve afectada. Es a través del dolor que
crecemos emocional e intelectualmente; no hay otra forma. Aquél que no sufre no
aprende, solo se condiciona. Aquél niño que jamás se ha quemado las manos
jugando con la estufa, simplemente no se acerca a ella porque está condicionado
a no hacerlo. Aquél niño al que le calló aceite caliente en la cara por correr
cerca en la cocina, sabe que no debe estar jugando cuando hay fuego de por medio.
Así de simple. Aquél que ha experimentado un dolor, cualquiera que sea, ha
sacado un aprendizaje de ello. No sentir dolor es igual a no tener
experiencias; no tener experiencias es igual a no aprender, a no razonar, a no
simbolizar. No tener experiencias de vida es igual a deshumanizarnos, a
convertirnos en animales que aparentan pensar.
“Aquello que no duele no es objeto de creación” Si
las vivencias no se convierten en experiencias, no son dignas de compartirse.
Hoy día vivimos en una sociedad que le teme al dolor. Que hace hasta lo
imposible para evitar que sus emociones se exalten o se exasperen; una sociedad
que mueve cielo, mar y tierra para no tener experiencias. Desde las culturas
más antiguas, aquellos que eran considerados sabios eran los viejos, los
hombres con más experiencias; los hombres que más habían experimentado el
dolor. Y eran precisamente aquellos sabios los que más merecían el respeto del
pueblo, los que encabezaban las ceremonias religiosas y los que tenían la
última palabra acerca de cualquier cosa que sucediera alrededor. Eran los
sabios las personas encargadas de la creación de una nueva generación de
hombres que estaban decididos a ser más productivos cada día. Estos viejos eran
creadores. Creadores de alumnos, de amigos; creadores de respeto y admiración.
Pero creadores al fin y al cabo. Su capacidad creadora estaba directamente
ligada a la experiencia que habían adquirido durante toda su vida; su capacidad
creadora dependía solo y nada más del dolor que habían experimentado.
Hoy, ya no hay creadores en el mundo; Ya no hay
sabios. Ya no existe gente que esté dispuesta a entregar su integridad a cambio
de algo tan intangible como el respeto o la amistad. Hoy día, esas cosas ya no
interesan; hoy día esas cosas se venden en los supermercados en tallas
distintas para que les queden a todos. Todo lo que algún día se adquiría
mediante la experiencia y la sabiduría, hoy se consigue en internet, en las
tiendas de computación o en las librerías extranjeras. Ya no nos hace falta
experimentar las cosas porque creemos que todo ya está dado, que todo lo que
algún día fue interpretado es un hecho, una verdad. Que todos los libros de los
grandes filósofos son ley y que perderíamos nuestro tiempo intentando buscar
una nueva manera de interpretar las cosas que nos suceden y acongojan. Hoy día,
preferimos conformarnos con lo que ya está hecho con tal de evitar el dolor que
nos provocaría la experimentación de nuevos caminos hacia la muerte. Hoy día,
hemos dejado de ser creadores, para convertirnos en consumidores empedernidos.
La era en la que vivimos actualmente nos ha forzado
a dejar de experimentar la vida como debe ser. La tecnología compleja, los
juegos de video y la magia del internet, nos alejan del mundo y su realidad
plagada de dolor y humanidad. Hoy día, los niños ya no salen a la calle a
jugar, a rasparse las rodillas y a pelearse con otros niños para decidir el
juego que les tendrá entretenidos toda la tarde. Ahora los niños recorren el
mundo por medio de un aparato electrónico; recorren ciudades grandes con ayuda
de las gráficas modernas y conocen las grandes maravillas de la naturaleza por
medio de fotos súper nítidas que les privan de la emoción que implica verlas en
la vida real y experimentar sus olores y sus sabores en vivo y en directo. Hoy
día, los seres humanos crecen solo conociendo vagamente la existencia en sí
misma. La experimentación de la existencia ha quedado a un lado. Las
sensaciones que nos provoca la experimentación viva de las cosas, han quedado
atrás, en un pasado difícil de retomar.
Lo que antes considerábamos vital, hoy se ha vuelto
cosa del pasado; la creación en general, se ha vuelto innecesaria. Sin embargo,
aún existen personas que aspiran a ser creadores. Personas que aún creen que
las reglas morales y sociales, la tecnología y las leyes científicas pueden ser
cambiadas. Seres que cuestionan todo lo que ven, y que ven más allá de lo que
las imágenes les brindan. Hoy, en un mundo sin novedades ideológicas, sin
aspiración al crecimiento, sin experiencias vívidas, aún existe gente que
aspira a crear.